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Mª Auxiliadora

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Ruega por nosotros

La crisis de fe

La crisis de fe: oportunidad para crecer

1. ¿Qué es creer?

Quizás tenemos que comenzar por el principio de todo: por preguntarnos que es tener fe, en quién creemos y que comporta esto para nuestra vida.

“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. Los cristianos somos los que creemos en el amor.

Pero podríamos decir: ¡hay muchas personas que creen en el amor y no son cristianos! Y nos felicitamos por ello. Pero los cristinos somos los que hemos aprendido el amor en la escuela de Jesucristo: él es el Maestro.

El Papa Benedicto XVI, nos ha dejado esta bella reflexión: “«Hemos creído en el amor de Dios»: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un “«mandamiento», sino la respuesta de cada hombre al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro”. (Encíclica “Dios es amor”, n.1)

Una primera conclusión: ser cristiano no es cumplir una serie de normas. Ser cristiano es ser “discípulo de Jesucristo”, tenerle a ál como Maestro y querer parecernos a él en su forma de amar y de vivir la vida.

Cristo modelo de vida: una norma interior

No soy un “súbdito de un señor”, soy un “discípulo del mejor Maestro”, de Jesucristo, que me dejó en su Evangelio una manera de vivir, unas normas para actuar de tal manera que los demás me reconocieran como cristiano. Muchas de las crisis de fe, tienen su inicio en un rechazo de las normas de la Iglesia o de los mismos mandamientos de Dios: ¿por qué tengo que hacer esto? ¿Por qué no puedo hacer lo otro? ¿Por qué está prohibido?

Antes de hablar de muchas normas… tendríamos que decir con rotundidad que sólo hay una norma: seguir a Jesús, parecerme a él. Pero para ello, es importante preguntarnos no sólo quién es él sino también cómo actuaba, para así aprender yo a parecerme a él con mis propias acciones. Jesús lucho en su tiempo por decirnos que “cumplir las leyes por cumplirlas y para que no me cojan, es ser fariseo e hipócrita”. Hay que cumplir las leyes porque son un bien para mí, porque a través de su cumplimiento yo voy actuando bien y edificándome como una persona madura y responsable.

Ayudar a personalizar la fe: “Creo en Alguien no en algo”

Es necesario provocar una auténtica experiencia de fe. Hay que resaltar que Dios es quien se revela al hombre, quien le habla primero y le revela su Misterio, y no se deja manipular por él (superstición). Es Dios quien da el primer paso y se nos ofrece para que le acojamos. Un Dios que reclama que le conozcamos. Un Dios Padre, Hijo y Espíritu, en una Historia de la Salvación, vivida en la Iglesia. Un Dios que entabla relaciones con los hombres, que dialoga con ellos, y que espera una respuesta libre: la fe es una opción de respuesta personal a Dios, a través y en la persona de Jesucristo.

2. Impedimentos actuales a la experiencia de fe

Dos apreciaciones:

a) Tres impedimentos actuales para una auténtica experiencia de fe:

- El narcisismo: es el sello que caracteriza a nuestra sociedad, el verdadero estilo de vida del hombre contemporáneo. En el nivel individual se manifiesta en una inversión exagerada en la propia imagen en detrimento del “yo” auténtico, en un individualismo que compromete la capacidad de decir “tú” o de decir “nosotros”. A veces este individualismo se hace colectivo: mi grupo, mi comunidad, mi cofradía. El resultado es una primacía exagerada de lo emocional sobre lo racional y un debilitamiento de la vida interior en aras de una imagen externa.

- La individualización de la fe: estimando la adhesión religiosa como objeto de una elección individual, obviando la aceptación de un dato tradicional trasmitido con la generación misma. La actual generación, que ha dejado a la espalda la época de “cristiandad”, ha acentuado este fenómeno, hasta el punto que ha sido denominada la primera sociedad “post-tradicional” (Danièle Hervieu-Léger). Esta situación mina los mismos cimientos de la fe, ya que anula cualquier viso de tradición. La fe se convierte en un acto subjetivo, que termina componiendo sus propios dogmas.

- El sincretismo: efecto de lo anterior es el sincretismo, la in-diferencia, la indistinción de lo espiritual. El individuo se siente autorizado a realizar las más extrañas mezclas religiosas. Como comenta Paul Valadier: “una pizca de Islam, un poco de judaísmo, algunas migajas de cristianismo, un dedo de nirvana, con todas las combinaciones posibles, incluido también el añadido de un poco de marxismo y hasta la confección de un paganismo a medida”. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la mirada superficial a Oriente, del que sólo extraemos sus técnicas y no su espíritu que puede enriquecer nuestra experiencia cristiana.

Es fundamental una educación religiosa, en clave más mistagógica. Lamentablemente, en muchos ámbitos, y como efecto en parte de la separación de la Liturgia de la vida, el ámbito eclesial no es percibido como una escuela que introduce en el arte de “la vida en Cristo”: la Iglesia se ha percibido más como ministra de palabras éticas, sociales, políticas y económicas, y parece que ha perdido el uso del mensaje propio. Se ha promocionado (¿se promociona aún excesivamente?) la imagen de que la vida cristiana tan sólo se expresa en un compromiso social, en un estilo de vida difuminadamente altruista, hasta el punto de que la vida eclesial es ya sinónimo de actividad organizativa y pastoral, no de lugar capaz de iniciar a una auténtica vida humana y espiritual: se ha perdido la auténtica y genuina dimensión mistagógica de la acción pastoral de la Iglesia.

Sugerencias:

- Completar la Iniciación Cristiana, cuando no se ha hecho: grupos de Confirmación.

- Mejorar las celebraciones litúrgicas, sacándolas de la monotonía y la repetición.

- Cuidar los medios: retiros, ejercicios espirituales, Cursillos de Cristiandad...

- Mayor contacto con las Sagradas Escrituras, ayudando a descubrir la riqueza de la Palabra de Dios.

b) Necesidad de la armonía de “profesar, celebrar y vivir la fe”: fe y vida

El segundo paso, y esencial, es descubrir la armonía interna de la fe: la fe necesita ser profesada, celebrada y vivida. La fe no se puede privatizar, ya que sería quitarle el oxigeno y facilitar su propia muerte. La fe es siempre personal, pero no privada... debe hacerse pública. La fe, como el amor, necesita socializarse, pregonarse: ser profesada, celebrada y vivida.

En general, hay un desequilibrio que se manifiesta en un deseo continuo de celebración, faltando la densidad de la fe profesada y formada adecuadamente. Por otra parte, no se suele ser muy consciente de la necesidad de que la celebración de la fe debe llevar a reforzar la vivencia de la misma en lo cotidiano, en el día a día, y en las realidades familiares, sociales, etc. La profesión y celebración de la fe, reclama, personal y corporativamente, una coherencia en las opiniones sobre cuestiones morales y en los comportamientos públicos: “ser cristiano, lleva a actuar como cristiano@, es la clave de la moral paulina, sintetizada en el “indicativo e imperativo paulino”.

El actuar cristiano reclama el ejercicio de la caridad como expresión del doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo. En general, esta dimensión de la caridad, se suele dar un reduccionismo antropológico que afecta a muchos cristianos y a instituciones eclesiales, que reducen la caridad a una mera obra social eficaz pero sin identidad cristiana confesante: la Caridad dimana de la Eucaristía y a ella conduce. Si hablamos de la dimensión evangelizadora de la caridad, hay que preguntarnos si Eucaristía y Caridad van juntas.

Sugerencias:

- Potenciar el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia

- Insistir en un mayor conocimiento de la riqueza litúrgica: centralidad del Día del Señor (asistir a Misa el domingo) y de la Eucaristía en la vida del cristiano.

3. La crisis como Agracia de Dios@: integrante de todo proceso vital

A veces, la crisis es simplemente un Aestado permanente de tibieza@. En otros momentos, la crisis es un derrumbe de todo un proyecto de vida. ¿Qué es la crisis?

En el proceso vital, proceso dinámico, hay que dar lugar a la crisis como un elemento base formativo. Damos una definición de crisis sencilla: “es la pérdida de valores-base que sostienen una existencia”. Depende de cuales sean estos valores-base, la crisis será de diverso tipo: económica, de salud, de trabajo, espiritual.

La crisis puede ser sólo parcial, cuando se da un hundimiento de un solo valor, o de un conjunto de valores minoritarios, en la totalidad de la persona. No representa una situación límite. Se suplen con los que permanecen y se sustituyen sencillamente, sin mayor complicación. No pasa de un disgusto. Pero puede ocurrir que una crisis sea total. Caen un conjunto de valores-base que por su importancia representan un verdadero problema. Pueden haber ido cayendo poco a poco, quizás sin una trascendencia afectiva. Pero llega un momento -la gota de agua- en que se produce la gran sensación de hundimiento.

Toda crisis, no se opera sólo en el nivel racional del individuo, sino que tiene unas connotaciones afectivas importantes. Porque quizás el determinante fuerte de la crisis es la resonancia afectiva que crea una situación de fracaso, vacío, derrota, desconcierto... Además desde la “contaminación afectiva”, suele verse ya con un color “crítico” todo el conjunto de valores vitales, aun los que permanecen objetivamente incólumes. La sensación de hundimiento es entonces total.

La crisis espiritual es la pérdida de valores que sostienen el entramado de nuestra vida espiritual (tanto ideológica como afectivamente), entendiendo por “vida espiritual” el armazón que estructura nuestra existencia y que le ha dado fuste y orientación. Podemos decir que una crisis espiritual afecta a la totalidad, o lo que es lo mismo zarandea todo nuestro esqueleto, e incluso lo puede dejar a la intemperie. La crisis espiritual afecta a: Ideas, Afectos, Visión del mundo[1].

a) Crisis y “plan de Dios”: La “crisis” ha sido estudiada como elemento importante y rico en frutos de nuestro camino hacia Dios y de nuestra superación humana. Es un medio que Dios tiene como los Ejercicios, los Cursillos, el Noviciado... Es algo que Dios concede, quizás como “fruto de tus méritos”, porque desde el saber místico toda crisis es un regalo. Dios puede pretender con una crisis:

- Liberar de otros ídolos que no son él: “Ídolos” son las instituciones: “Mi diócesis”, “Mi movimiento, mi comunidad”, “mi Grupo”, “mis jóvenes”; “ídolos” son los hombres, llámense “D.Tal o el P. Cual”. Ya Pablo preguntaba indignado a los cristianos si habían sido bautizados en nombre de Apolo o de Pedro o de Pablo, o si alguno de éstos había sido crucificado por ellos.

Una de las tristes sorpresas que observa el que ha superado esta crisis es la cantidad de cristianos que viven atenazados por este amor a las cosas y a los hombres. Aman a Cristo, sí, pero vitalmente están poniendo en creaturas un amor que Cristo quiere sólo para él.

- Liberar de errores: con frecuencia nos afirmamos -y nos creemos- hombres de fe, pero realmente somos hombres de fe fácil. Afirmamos que trabajamos por Dios... pero realmente, simultáneamente, cuánto trabajamos para nosotros y para lo nuestro. Afirmamos que el Espíritu Santo es el que actúa en mí, pero “soy yo quien quiere dirigir al Espíritu”.

- Purificar de pecados: de esos “pecados” que no te corregirías nunca porque no has caído en la cuenta de que los tienes. En la crisis uno se descubre terriblemente malo. Y pasada la crisis, sigue uno viendo que mucho de lo que vio era verdad, pero vive la sensación de que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”. Supone una experiencia profunda de la “limitación humana”: tomamos conciencia de nuestra limitación y levantamos los ojos a Dios.

- Nueva visión -imágenes- de Dios, de la Iglesia, de los hombres, de ti mismo: “imágenes” que corresponden a una visión cristiana más elevada y purificada. Y hasta los “ídolos” caídos son amados ahora desde otro punto de vista mucho más cristiano: sólo como criaturas. Esta regeneración provoca un amor nuevo, una personalidad reforzada y más rica.

- Dios, a través de la crisis, eleva a otros medios mejores en tu vida espiritual: el tipo de apostolado, el estadio de tu oración, los métodos, etc. todo queda transformado. O es enfocado con otros matices en las metas, y por tanto con otro espíritu.

b) La operatividad ante la crisis: Conocimiento y actitud: conocimiento y actuar a tiempo.

- Las características de la crisis son: a) Dolor: La crisis suele ser una experiencia fuertemente doloro­sa. “Es como un cambio de piel. Somos desollados y quedamos en carne viva”; b) Soledad: aunque hay crisis colectivas, suelen, si implican nuestro ser, tener características tales que el hombre se siente “solitario”, y con frecuencia “incompren­dido” hasta por los más amigos; c) Inoperancia: sensación de parálisis y desgana total[2].

- Factores que gestan esta situación de crisis en el cristiano:

* Una cierta precariedad de los logros pastorales: fallos de proyectos, planes, grupos, comunidades.

* La propia experiencia espiritual: no avanzamos o lo hacemos lentamente.

* La aridez espiritual: como tierra reseca, agostada...

* Fatiga: por el cansancio físico o la misma tensión psíquica... Así, lo señala un documento, refiriéndose a los sacerdotes, pero que tiene validez universal: “Suele ocurrir que tras años de combate espiritual y brega pastoral en los que el sacerdote se ha sentido fundamentalmente centrado, se va insinuando progresivamente una sueva situación que se caracteriza por un estado de ánimo bajo, cuyos componentes más perceptibles son la sensación de vacío interior, la falta de ilusión, la desgana existencial, la aridez espiritual, la anemia apostólica. El pasado provoca decepción, el presente provoca insatisfacción, el futuro genera escepticismo” (Cf. Pdv 77a).

c) Las falsas salidas o los peligros mayores de la crisis son:

- Extro-versión: Se trata de buscar evasiones, cambiar de tareas, de lugar: arrojarlo todo, si es posible. Si no es posible, dejar el interés por ello y poner nuestro afecto en otros temas: empresas diversas, deportes, dinero, vino y “sensualidad”. Pero, seguimos llevando con nosotros el problema.

- Sub-versión: Se trata de un refugio en el egoísmo, en la comodidad, la rutina, el aburrimiento (con frecuencia en el fondo un miedo de repetir). Y actuar con hipercrítica autojustificante, resentimiento, amargura, buscando chivos expiatorios: diócesis, obispo, compañeros, la sociedad...

- Re-versión: caer en un voluntarismo excesivo: redoblar nuestra entrega", pero con efectos de un mayor cansancio... No es un trabajo que edifique, ya que es desasosegado...

- Di-versión: se trata de “eludir el vacío interior con un activismo frenético”.

d) La única salida verdadera: la conversión:

La verdadera salida es la conversión. Se trata de una Asegunda conversión@ en muchos de nosotros, con larga experiencia de encuentro con Dios. Con frecuencia se trata de “aceptar radicalmente a Dios como Dios”, ponerlo como centro de nuestra vida. Y Dios se nos convierte en “Alguien real, compañero de camino”.

Las actitudes en un proceso pedagógico para afrontar una crisis son:

11) Conocer bien la crisis, y aceptarla. Sinceridad crítica. Al aceptar nuestras limitaciones, a veces simplemente nos denunciamos ante nosotros mismos. Al aceptar nuestra “fundamental limitación” nos situamos ante Dios como creaturas, y nos sentimos instrumentos suyos.

21) Afianzarse en los valores permanentes: los que van quedando, los que sabemos que siempre quedarán en este gran desplome. Y buscar en ellos la razón vital suficiente para vivir.

31) Cumplir, y jamás abandonar, lo fundamental. Encontrar aliento (La pasión de Cristo, los profetas, etc.).

41) Orar buscando qué desea Dios. En toda noche hay siempre relámpagos. Para ello:

a) Confiarle a Dios nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro: el pasado en manos de su misericordia (amor-caridad); el presente, sintiéndonos acompañados por El (fe); el futuro, domesticando nuestros miedos en la confianza en Dios (esperanza). Se trata de dejarnos de cultivar a nosotros mismos para Dios nos cultive.

b) Esperar pacientemente y con fe: "la paciencia todo lo alcanza".

c) Optar más radicalmente por Dios: consolidar la "opción por Dios" con la "pasión por Dios". Descubrir así lo que he de vivir, y vivirlo, en fidelidad a Dios.

51) Y así, poco a poco, se irá formando “la piel nueva del hombre nuevo”.

La importancia de la crisis para el avance de la vida espiritual es fundamental. Bastará conocer a San Pablo, a San Juan de la Cruz, a Jung, y aun a Toynbee (en su versión de crisis colectiva) para ver la importancia que todos dan a estas crisis que tanto pueden transformar y enriquecer a los hombres y a las colectividades (o si no saben reaccionar, ocasionarles la parálisis y aun la muerte)[3] . Ante toda crisis debemos siempre pensar que Dios es más fuerte. Como dice Isaías: "El que me construye va más a prisa que los que me destruyen".

Si consideramos la crisis como parte integrante de cualquier avance personal en el Espíritu, si estamos pedagógicamente atentos a ellas, se podrían salvar muchas situaciones personales comprometidas explícitas o encubiertas.

MAC

24 de junio de 2010

Alfonso Crespo Hidalgo.



[1] Pueden darse estas situaciones, reflejadas en estos pensamientos en alto: a) Creía que era un buen cristiano por mi tradición y costumbres familiares, y descubro que el cristianismo es otra cosa, y que todos esos valores amados son insuficientes y quizás erróneos... b) He trabajado años en el apostolado y ahora no consigo nada, o es que lo anterior no ha dado fruto por estar mal enfocado... c) Mi espiritualidad estaba apoyada en mi admiración y amistad con un sacerdote o un estilo de iglesia, y ese se ha secularizado, o me ha escandalizado, o ha cambiado el estilo eclesial más tradicional o más abierto; d) Vivía entre un grupo de amigos que me ayudaban y conllevaban, y todos se han desinflado. O simplemente están paralizados y yo veo que tengo un camino delante y he de recorrerlo solo, y sin poder llevarlos conmigo... Y lo que es peor, están combatiéndome; e) Soñé mucho. Y mis sueños me alentaban. ¿Qué queda ahora de mis sueños? Ni siquiera puedo ya soñar: el paso del tiempo me ha hecho radicalmente realista; f) Me ilusionaba el camino que iban siguiendo mis discípulos, hijos... pero hoy no queda nada: ¡Dios! ¿Cómo has permitido que lleguemos a este punto?; g) Gustaba de la oración, me sentía... ¿Qué ha pasado? Hoy, casi la odio, vivo en sequedad, en “noche oscura”.

[2] Una imagen gráfica es esta: “Marchabas con tus buenos amigos por un camino fácil y con un paisaje espléndido. De pronto te encuentras caído en un hondo pozo: paralizado, a oscuras, solitario. Acaso allá arriba, en el brocal del pozo se asomen amigos que te dan buenos consejos y palabras alentadoras... Su voluntad es óptima, pero ellos están allá arriba en la luz y en el campo abierto; y naturalmente dentro de dos horas estarán -y harán muy bien, uno lo reconoce- riendo en su casa o en el cine; tú sin embargo seguirás dentro de tu negro pozo... en carne viva”.

[3] Es importante no confundir la “crisis” con otras situaciones de la vida espiritual: No confundamos la crisis con la “tentación”, y menos con la “caída en el pecado”: esto puede ser sólo una situación puntual superable con la gracia. Tampoco con la “tibieza”, origen de tantas crisis aparentes. En la tibieza, todo es asunto de voluntad y entrega: vívase la espiritualidad a fondo y la crisis desaparece, al desaparecer la tibieza. No es tampoco la “desolación ignaciana”, aunque toda crisis puede originar desolaciones; pero también puede darse en momentos de paz y consolación.

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Felices los que eligen ser pobres
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