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Mª Auxiliadora

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Ruega por nosotros

Haciéndose él mismo maldición por nosotros

La formación de esta noche va a girar en torno a un texto de la Biblia, como no podría ser menos. Será sobre un texto del primer libro de la Torah, del Pentateuco. El libro del Génesis es el libro de los orígenes, de nuestros orígenes, y por eso es totalmente paradigmático. Nada de lo que se dice en este libro es superfluo, todos los elementos son importantes, dicen algo de la estructura humana, porque es en el origen donde se revela el sentido verdadero de las cosas y de las personas; lo que estructura a la persona, lo que da la identidad está siempre en el origen, en la raíz. En este libro, en el que está el origen de todo, se relata el origen de nuestra fe, se cuenta la historia del nacimiento del pueblo de Dios, y esto se hace en la narración de la vida de Abraham. En él reconocemos al padre de nuestra fe. Si “ser padre” es “ser origen”, nos encontramos que en el libro de los orígenes se narran los orígenes del origen de nuestra fe. La historia de Abraham, tan paradigmática como se nos presenta, debe ser leída por supuesto, desde la fe, la fe que hizo que se pusiera por escrito, la fe que el mismo texto promovió (y que llega hasta nosotros), la fe que vemos en el mismo Abraham. Pero Dios nos dio la cabeza para algo más que llevar el sombrero. Por eso, la historia de Abraham ha de ser leída también desde la ciencia, en concreto desde las ciencias del lenguaje, puesto que se trata de un texto antiguo, que pertenece a un sistema cultural diferente y distante del nuestro. Por tanto, con la fe como impulso y la ciencia como apoyo, dispongámonos a introducirnos en la historia de la promesa cumplida a pesar de los pesares. Dentro de los relatos sobre nuestro padre en la fe, ha llamado siempre la atención un texto realmente chocante, por no decir escandalizador. Me refiero a la narración que solemos conocer como el sacrificio de Isaac. Para entender esta petición que Dios hace a Abraham del sacrificio de su hijo debemos introducirnos en otro texto, aunque parezca que nos escapemos un poco del tema. Lo haremos brevemente, leamos el capítulo 15 del libro del Génesis: 1 Después de estos sucesos fue dirigida la palabra de Yahveh a Abram en visión, en estos términos: «No temas, Abram. Yo soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande.» 2 Dijo Abram: «Mi Señor, Yahveh, ¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos...?.» 3 Dijo Abram: «He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar.» 4 Mas he aquí que la palabra de Yahveh le dijo: «No te heredará ése, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas.» 5 Y sacándole afuera, le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.» Y le dijo: «Así será tu descendencia.» 6 Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó por justicia. 7 Y le dijo: «Yo soy Yahveh que te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra en propiedad.» 8 El dijo: «Mi Señor, Yahveh, ¿en qué conoceré que ha de ser mía?»… Aún a riesgo de saltarnos elementos, me gustaría señalar sólo dos puntos. La promesa hecha a Abraham es doble, descendencia y tierra. Pero al mismo tiempo está amenazada. Hablar de descendencia y de tierra es hablar de lo necesario para ser eterno. Me explico: cuando en la antigüedad se tenía un hijo se veía en el vástago la oportunidad de seguir viviendo, de alguna manera, en la materialidad del nacido. Mi carne continúa viviendo, de forma misteriosa, en la carne de mi hijo. Y la tierra es la prueba de la seguridad y el lugar donde descansar y reunirse, una vez muertos, con los padres. Por tanto, lo que Dios le está prometiendo a Abraham es, de alguna manera, la vida eterna; aunque expresado de otra manera. El segundo punto que quería señalar es que esta promesa doble de vida eterna está amenazada. El mismo Abraham lo dice, en sus dos objeciones; ante la promesa de descendencia, el anciano dice: He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar. Y ante la tierra: «Mi Señor, Yahveh, ¿en qué conoceré que ha de ser mía?». La promesa de bendición, de actuación de Dios no parece que se cumpla. De hecho, la “prueba” que Dios da no asegura nada: mira las estrellas. Las estrellas siempre han estado ahí, siendo muchas y bellas. Lo que Dios pide es otra cosa, lo que Dios pide a Abraham es que mire de otra manera, con otros ojos, con otra actitud. Para ver las estrellas hay que salir e introducirse en la oscuridad. Es una aparente contradicción, ver en la oscuridad. En el fondo, en esta contradicción hemos de ver el núcleo del mensaje; en el fondo, a Abraham se le pide que asuma la maldición, para convertirse en bendición. Esto se ve a lo largo de toda la historia de Abraham antes de llegar a este punto, pero llegará a su culmen en el texto que sugería al principio: el sacrificio de Isaac (en Gen 22). Comienza “después de estas cosas”, refiriéndose toda la historia de Abraham, en donde, como hemos dicho, entrando en una aparente contradicción se convierte en bendición para todos. Abraham, sin embargo, ve esta bendición cada vez más alejada y de frente a esta espera, intenta hacerse una realización de la promesa por su cuenta, haciendo nacer este hijo que no puede nacer de Sara, de la esclava Agar. Pero Dios insiste tenazmente en reafirmar sus promesas y continúa diciendo que el hijo no es aquel de Agar, Ismael, sino que la promesa se realizará y será el hijo de Sara. Y finalmente este hijo de Sara nace, hay una gran alegría, se da el alivio de ver cómo le destetan, que tenía lugar tarde, hacia los tres o cuatro años, y que quiere decir que el niño ha superado la edad crítica de mayor debilidad en la que podía incluso morir. En este contexto, Abrahán se ve obligado a dejar marchar a Ismael, y sin embargo puede hacerlo sin especial tragedia, porque Isaac para entonces ya está destetado y bien. Este hijo crece y dice la fidelidad de Dios a sus promesas más imposibles e impensables: no es fiel a una promesa realizada a través de Agar, no, es una estéril quien da a luz. Cuando finalmente quien lee o el mismo Abraham puede decir “he aquí que la fe tiene sentido, se puede uno fiar de Dios porque Dios mantiene las promesas”, en este momento Dios dice a Abraham: sacrifica tu hijo. La promesa parece retroceder, Dios pide a Abraham cancelar la realización de aquello que Él había prometido. Llamada de nuevo a la crisis de la contradicción de Dios. El texto dice que esto es una prueba (Dios puso a prueba a Abraham y le dijo: Abraham…). Este discurso de la prueba es significativo, porque es un modo con el cual se revela la verdad de Abraham, dónde efectivamente Abraham había puesto su confianza y su corazón. Pero no debe ser interpretado como una creación artificial de una situación dolorosa que Dios pone para ver qué hace Abraham, para revelar su corazón. No es una postura de sufrimiento gratuito provocado por parte de Dios, se trata de que caminar detrás de Dios, fiándose de sus promesas es una gran prueba para el hombre. Por tanto no es necesario que Dios se invente sus pruebas sino que la prueba es el caminar detrás de él, porque la historia desmiente continuamente las promesas de Dios. Es la historia con sus pruebas lo que constituye la prueba que hay que atravesar. Abraham es llamado a atravesar la prueba, a vivir de fe: vivir de fe es ya una prueba, es la prueba. Porque significa fiarse, creer en el invisible, creer en la realización de una promesa que sin embargo es imposible; significa creer que Dios es fiel y no tener otra prueba de esto que el poder mirar al cielo y ver que están las estrellas. Y ahora esto se explicita en la historia de Abraham a través de este episodio de la petición del sacrificio de Isaac. Es sólo un modo con el cual se quiere decir que caminar detrás del Dios de la promesa en la historia, antes o después lleva de frente a una situación en que la promesa de desmiente. Abraham es aquí indicado como el creyente que es capaz de atravesar los desmentidos de la historia. Imprevistamente, hace experiencia de aquello que ha hecho experiencia desde el inicio, pero aquí en un paso imprevisto y claramente más dramático que nunca y que consiste en hacer experiencia de que a Dios no se le entiende y que parece contradictorio, que Dios es portador de un misterio al cual el hombre no se puede acercar. Dios había prometido convertirle en un gran pueblo y sin embargo Sara era estéril; Dios le promete una tierra y sin embargo la tierra está ocupada por los cananeos; Dios le promete un hijo y ahora el hijo debe morir. Dios es incomprensible. Y entonces, la pregunta terrible que sirve para expresar la incompresibilidad de Dios: “toma a su hijo, tu único hijo, aquel que amas, Isaac, y ve al territorio de Moria y ofrécelo en holocausto sobre le monte que yo te indicaré”. Está aquí el mandato del capítulo 12, al comienzo de la narración de las historias de Abraham (“vete de tu país a la tierra que yo te indicaré”), aquí está también el monte que debe ser indicado (la tradición dice que el monte Moria después se convertirá en la colina de los holocaustos, el monte Sión sobre el cual es erigido el templo de Jerusalén, la colina del Templo), Abraham que es enviado al corazón de la tierra de la promesa para destruir allí la misma promesa. Porque este Isaac no es sólo el hijo amado sino que es la realización de la promesa de Dios. El texto insiste y pone en boca de Dios esta insistencia y precipitación, clarificando que tiene que ser el hijo de la promesa. Y el único, porque Dios ha dejado claro que el hijo del que Él hablaba no era Ismael, sino el que nacería de Sara y el nombre incluso, Isaac. La tradición judía, a este propósito, imagina un diálogo que se habría desarrollado entre Dios y Abraham; justamente por esa insistencia de Dios, que hace pensar que Dios sería un poco sádico, cruel al decir que es el único, te quedarás sin ninguno, el que amas... como si subrayara el dramatismo de la petición. La tradición judía dice que esto es un modo con el que el texto quiere decir que Dios es constreñido a precisar, porque Abraham, como todo hombre, ante una petición difícil de Dios, hace finta de no entender. En esa tradición se cuenta que Dios dice a Abraham «coge a tu hijo», pero Abraham dice «encantado, pero es que tengo dos, no se cuál es»; Dios añade: «no, tu único hijo», y Abraham responde «ah, pero es que son únicos los dos, uno es el único de Agar, el otro único de Sara». «No, el que amas» precisa Dios, pero Abraham, como buen padre dice «yo amo a los dos»; y Dios tiene que decir Isaac. Es la tentativa de Abraham, de fingir no entender, de alejar la petición, de ganar tiempo alejándola. Pero Dios hace su petición de manera precisa. El termino “hijo” es importante, pues aparece 10 veces en el texto, atravesando todo el relato, que está centrado en la problemática filiación, de la paternidad de Abraham, sobre este hijo que debe ser sacrificado. Pero este hijo es el objeto típico de la promesa de Dios, y ahora este relato del libro del Génesis se centra en el hijo, esta vez, en cambio, para negarlo. Se califica al hijo como unigénito, y aquí probablemente hay un juego sonoro, pues unigénito en hebreo se dice YaHîD, pero, para decir «juntos, estar juntos» se dice YaHaD. La raíz verbal quiere decir estar unidos, por tanto se juega con el hecho de que el hijo no es sólo unigénito, sino que era aquel al que Abraham estaba unido, pegado; por que era el de la promesa. Al final aparece el nombre, Isaac, que significa en hebreo «él ríe». Probablemente es una abreviación del nombre teofórico completo, que sería «Dios ríe». Pero su forma dice él ríe. Esto se ve en la historia de Abraham, porque cuando Dios promete un hijo a Abraham, éste y Sara se ríen, porque es imposible que este hijo llegue, puesto que ella es estéril y los dos ya son viejos. Entonces Dios dice «No te rías», el ríe, y por Sara se dice «¿por qué Sara ríe?, no he reído, sí, sí has reído... y lo llamarás ‘él ríe’». El juego es que el nombre de Isaac reclama la risa incrédula de Sara, la risa incrédula de Abraham y después en cambio la gran risa de alegría porque Isaac ha nacido, se llama Isaac porque todos reirán de alegría al saber que Isaac ha nacido. Este nombre portador de alegría, que sin embargo recuerda también la duda de fe de Abraham y Sara, reaparece en nuestro texto para indicar que este hijo de la alegría debe convertirse en el hijo del llanto. Y este hijo, que había puesto a prueba la fe de Abraham y de Sara, cuando fue anunciado, ahora pone a prueba la fe de Abraham, cuando parecía que la promesa se había cumplido y que por tanto se podría reír tranquilamente. Si se mira los lugares donde aparece el nombre Isaac, se ve que siempre está en relación estrecha con la idea del sacrificio y de la muerte. En resumen, Isaac está siempre allí donde se dice que muere; es el contraste más estridente: él ríe…, no, él muere. Esto es delante de lo que Abraham se encuentra. Es verdad que la petición de Dios a Abraham podría sonar ambigua, porque la petición es «hazlo subir en holocausto sobre el monte que te indicaré», pero también se podría traducir «hazlo subir para el holocausto...», para hacer un sacrificio. Una pequeña parte de la tradición judía medieval va en la línea segunda, porque les parecía imposible que en el texto bíblico se dijese que Dios pedía el sacrificio de un hijo. Pero el texto deja claro que no es así, porque el narrador dice, justo después, que Abraham lo prepara todo, y falta el animal. Se borran todas las esperanzas al lector, porque Abraham lo prepara todo para Isaac. La preparación del viaje es particular, porque dice el texto v. 3: «Se levantó, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Isaac. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho Dios.» La tradición judía hace aquí una observación muy pertinente: es extraño que el texto diga que Abraham aparejó el asno. Un autor judío muy famoso, llamado Rashi dice: “lo aparejó el mismo, sin encargárselo a uno de sus sirvientes. El amor, de hecho, induce al hombre a descuidar el propio rango”. Esto también vale para lo de la leña, pues parece extraño que uno que tiene siervos haga estas cosas. La anotación es importante, porque es un modo por el que el texto alude a que tenemos a un padre angustiadísimo, que debe prepararse para sacrificar a su hijo. Y cuando está por medio la vida del hijo, el padre no se pone a ver si lo tiene que hacer un siervo o él. Lo hace todo él porque no quiere que nadie haga nada, porque es toda una preparación que mira al hijo. En el dolor, Abraham dice: al menos, dejadme hacerlo a mí, y no lo deja hacer a extraños. Este parece ser el sentido del texto, y es particularmente significativo para nosotros; pues los textos bíblicos están escritos por personas que sabían escribir, y que conocían bien la psicología humana, pero en cambio las notas de tipo emotivo y psicológico son rarísimas, y son sustituidas por estrategias narrativas que dejan al lector adivinar el estado de ánimo del protagonista. Aquí no se dice «Abraham angustiadísimo...» sino que se dice: «aparejó el asno, partió la leña». Y nosotros que leemos tenemos que entender. Algunos autores actuales nos dicen que hay un elemento extraño en la secuencia de verbos, que nos hacen ver aún más el estado de ánimo de Abraham. Se dice que prepara el asno, llama a los siervos, toma al hijo y corta la leña. Pero esto no va bien, no puede dejar la leña para lo último. Está claro que la leña se corta incluso antes de aparejar el asno... ¿Porqué se pone al final? Abraham, como en el imaginario diálogo con Dios, está tratando de no entender, de no pensar, de borrar la eventualidad del sacrificio del hijo. Tiene que ir, y entonces prepara el asno, llama a los siervos, toma al hijo, pero no corta la leña hasta el final, porque cortar la leña quiere decir sacrificar al hijo; porque espera que Dios se lo piense de nuevo, porque espera no haber entendido, porque no quiere pensar, y lo piensa sólo al final, y corta la leña. Y se pone en viaje. Después de tres días llegó al sitio estipulado por Dios. Tres días son el cumplimiento de una experiencia, los días que sirven para los acontecimientos importantes: tres días para hacer el sacrificio en el desierto cuando Israel sale de Egipto, tres días para preparar la teofanía del Sinaí, tres días Jonás en el vientre de la ballena, tres días. Pascua. Experiencia cumplida, acaba el viaje y Abraham ve el monte. Deja abajo a los siervos, y sube solo con el hijo. Entonces dijo Abraham a sus mozos: «Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y volveremos donde vosotros.» “Volveremos”, aunque el sabe perfectamente que volverá solo, como nosotros lo sabemos. Pero ni Isaac ni los siervos lo saben. Este “volveremos” es un modo con el que Abraham dice su fe, esta fe en la oscuridad, esta fe con los ojos cerrados, que no sabe nada, pero que dice yo me fío, volveremos; y al mismo tiempo es de nuevo el comportamiento de delicadeza y amor del padre que no quiere asustar al muchacho. Busca de cualquier forma poner al muchacho a salvo de la angustia al menos hasta el final. Volveremos es, pues, la fe y al mismo tiempo el amor de un padre que se fía, porque Dios hará algo, pero en tanto, no asustemos al muchacho. He aquí esta subida hacia el monte, juntos, en la que los dos van hacia el lugar del sacrificio, Abraham teniendo el fuego y el cuchillo e Isaac llevando la leña. Continúa la función del narrador para hacernos conocer el amor y la angustia de Abraham. Después de haber dicho “volveremos” para salvaguardar al hijo, ahora que tiene que dividir las cosas que deben llevar, el se queda las cosas peligrosas: el cuchillo y el fuego, que el muchacho no se haga daño. Sabiendo que va a morir, el amor le hace decir: que no se haga daño. Y da a Isaac la leña. Este gesto de atención del padre por el hijo es, sin embargo, una división de papeles que se visualiza para el que lee: se ve a uno armado con fuego y cuchillo, es decir, el asesino, de la otra parte ve a la víctima, llevando lo que va a servir para quemarlo. Esta división de papeles hace aún más dramática esta subida hacia la cima del monte para el que está leyendo. Durante esta subida el silencio se rompe, Isaac hace la pregunta terrible: Dijo Isaac a su padre Abraham: «¡Padre!» Respondió: «¿qué hay, hijo?» - «Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?» Dijo Abraham: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.» Y siguieron andando los dos juntos. Tenemos la pregunta patética de Isaac, que mete entre la espada y la pared a Abraham, que hasta ahora podía decir algo, pero... ¿dónde está el cordero? Y sale del dilema una vez más apelando a la fe, Dios proveerá, como antes había dicho “volveremos”. Es de nuevo la fe que viene, sin asustar al hijo, pero dentro de la cual es tan grande la angustia de Abraham que el texto juega, haciendo decir y no decir a Abraham. Porque la expresión que se usa en hebreo es ambigua. Cuando Abraham dice Dios proveerá el cordero hijo mío, este Benî (hijo mío) puede ser o un vocativo: Dios proveerá el cordero, hijo mío; o también aposición: Dios proveerá el cordero, es decir, mi hijo. No podemos saber que es lo que entendía el narrador, y no tenemos porqué elegir, es una táctica, un recurso para aumentar la tensión en la historia. Por tanto nos encontramos ante una frase en la que Abraham apela a la fe (Dios pensará en el cordero) y al mismo tiempo no logra ya mantener escondido el drama. Es como un lapsus linguae, provocado por la angustia: serás tú. Pero no sabemos lo que entiende Isaac, el narrador solo dice que después cae el silencio, y los dos continúan subiendo; el destino de Isaac está fijado. Cuando el lector lee Dios proveerá el cordero, le viene a la mente el hecho de que Dios, en la primera frase, podía haber querido decir “hazlo subir para hacer un sacrificio” (y no “para ofrecerlo en sacrificio”), restando un rayo de esperanza. Pero ese “hijo mío” lo devuelve a la realidad; por eso el lector está constreñido de nuevo a ponerlo todo en cuestión y a compartir la angustia de Abraham, y desde ahora en adelante, también la angustia de Isaac, que ha oído esta extraña frase. Llegan así ya, angustiadísimos, a la cima del monte. El relato se ralentiza de manera insoportable, para hacer compartir al lector esa angustia: Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abraham el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Y de repente la angustia de este lento relato se corta con la intervención del ángel, que dice NO; que abre los ojos a Abraham para que vea al carnero, y por tanto el sacrificio se hará con éste, que Dios ha provisto, y se retomarán y repetirán las promesas. Volvemos al inicio, de donde habíamos salido: Gen 12. Así el drama se resuelve, y el Dios de la vida triunfa. El sentido de este texto es claramente paradigmático. Con este episodio difícil se quiere decir que Dios es experiencia totalizante, que Dios es un absoluto que no se puede identificar con nada, ni siquiera con sus promesas. Se quiere decir que nadie se puede apropiar de las promesas de Dios y de las maneras en el que éstas se realizan. Y entonces, Dios promete la bendición a Abraham, esta bendición tiene que pasar a través del hijo, pero Abraham, y cada creyente que lea este texto, debe saber que Dios no está atado al modo de la realización de sus promesas. La promesa se tiene que realizar, efectivamente, a través del hijo, pero el hijo puede incluso morir, porque Dios es más de lo que promete, es diferente de la realización y de los modos de realización de sus promesas. Isaac es el cumplimiento de la promesa, sí, pero Dios es más que esto, y es necesario que Isaac muera (aunque después no lo hace). Este es el sentido paradigmático: Dios es absoluto, y como tal lo pide todo. Y aunque parece que en este relato contradice su palabra de vida, que es incomprensible, es sólo para poder comprender que Dios no puede ser identificado con nada, fuera de él. La contradicción de la primera promesa, cuando Abraham es sacado de la tierra para ir a una tierra que no puede poseer, cuando recibe la promesa de ser pueblo cuando pueblo no puede ser porque Sara es estéril, aquí continúa, es más, se radicaliza, y al mismo tiempo se resuelve. Porque en este relato, que parece un relato de maldición, al final aparece radicalmente la bendición, porque Abraham ha sabido atravesar la desmentida de la historia, siguiendo creyendo en la fidelidad de Dios a sus promesas. Y Abraham no se apropia del hijo, sino que acepta donarlo. Es lo que señala el relato, que dice que Abraham volvió donde los siervos, solo. Isaac se ha perdido, Abraham lo ha donado, abriéndose a una nueva dimensión de paternidad. Una tradición judía intenta llevar al límite esta donación del hijo: a propósito del sacrificio de Isaac, esta tradición dice que allí, sobre el monte Moria, Isaac muere; que cuando Abraham extendió la mano con el cuchillo, allí muere. Pero continúa: “cuando el cuchillo llegó a su cuello, salió el alma de Isaac, pero cuando Dios hizo oír su voz de entre los dos querubines y dijo: no extiendas tu mano sobre el muchacho, el alma volvió a su cuerpo, y Abraham lo desató, y el mismo se puso derecho sobre sus pies; e Isaac conoció la resurrección de los muertos. Entonces abrió su boca y dijo: Bendito eres tú, Señor, que das la vida a los muertos”. Pero es sólo siglos después, cuando esta historia se repite, aunque de otro modo. Siglos después, un hombre sube a un monte cargando con el leño que se convertirá en su ara sacrificial. Siglos después un cordero perfecto muere en lugar de la multitud de los hijos. Siglos después un Hijo, esta vez sin la ayuda aparente del Padre, se atreve a entrar en la dinámica de maldición y bendición, asumiendo en sí esa maldición, y dándole muerte con su propia muerte, y consiguiendo así que cada uno de nosotros nos convirtamos, por la fe en su muerte y resurrección, en los verdaderos hijos de Abraham, en los herederos de la promesa… aunque siempre que aceptemos en nuestra existencia la paradoja de entrar en la maldición para recibir la bendición, la paradoja de salir a la oscuridad para ver las estrellas, la paradoja de vivir de fe. Así lo expresa san Pablo: Epístola a los Gálatas, capítulo 3 7 Tened, pues, entendido que los que viven de la fe, ésos son los hijos de Abraham. 8 La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció con antelación a Abraham esta buena nueva: “En ti serán bendecidas todas las naciones”. 9 Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abraham el creyente. 10 Porque todos los que viven de las obras de la ley incurren en maldición. Pues dice la Escritura: “Maldito todo el que no se mantenga en la práctica de todos los preceptos escritos en el libro de la Ley”. 11 - Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es cosa evidente, pues “el justo vivirá por la fe”; 12 pero la ley no procede de la fe, sino que “quien practique sus preceptos, vivirá por ellos” 13 Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: “Maldito todo el que está colgado de un madero”, 14 a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa. Estamos ya en plena cuaresma, estamos llegando a su ecuador. No es tarde aún para comprender la dinámica que proponen los textos que hemos leído. Aún no es tarde para comprender que, si Cristo tuvo que entrar en la dinámica de la maldición para convertirse en bendición nosotros debemos hacer lo mismo. Podríamos leer muchísimas frases pronunciadas por Jesús que explicitan y llevan a plenitud este dinamismo: el que pierda su vida la ganará, el que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos… quizá ésta sea una de las llamadas que debemos atender en este momento. Para comprender lo que celebramos en Semana Santa debemos introducirnos en esta dinámica. Para comprender la locura de Jesús cuando lava los pies a sus discípulos, haciendo el trabajo de un mero esclavo; para comprender su angustia ante la muerte en el huerto de los olivos; para comprender su serenidad y su actitud pacífica ante los que lo juzgaban; para comprender su sufrimiento y su decisión camino del monte Calvario; para comprender su grito desgarrador en la soledad de la cruz; para comprender el silencio sepulcral del sábado santo; y para comprender la explosión de vida de la mañana de Resurrección. Para comprender y compartir, para entender y fundirnos con el en su pasión y así celebrar la alegría de la Resurrección debemos aceptar sobre nosotros la maldición de morir a nosotros mismos, para vivir la Resurrección, para ser como el grano de trigo, que si no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto. Muchas gracias a todos, y felices pascuas.

Lema MAC 2018

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Felices los que eligen ser pobres
porque Dios reina en sus vidas

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Sembrador, ¡¡ Siembra, Hoy También!!

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